El pasillo
Mamá se consumía. Cuando atendía el teléfono la oía suspirar, como si fuera un globo desinflándose. Y cada vez que papá hablaba ella apretaba los dientes. Yo tenía miedo porque papá seguía hablando y hablando y no se daba cuenta de que mamá estaba cada vez más flaca; parecía que se iba a romper como una ramita de las que junto por la calle y con las que me pongo a jugar a la vuelta de la escuela.
En el almuerzo papá nos contaba acerca de todos los autos que había vendido esa mañana. Mamá le dirigía miradas serias: ¿dónde está la plata del alquiler?, ¿fuiste a pagar los servicios? Hoy me llamó mi tío, ¿cuándo le devolvés el préstamo?
Entonces papá se encogía en su asiento, como un nene chiquito, y decía sí, sin pestañear, a todo. Los ojos como platos, como si mamá se lo fuera a comer. Era raro porque cuando mamá hacía esas preguntas estaba muy tranquila, ¿a qué le tenía miedo papá?
Casi todos los días a la tardecita llamaban a la puerta. Golpes fuertes, cargados de rabia que parecía iban a tirar abajo la puerta, se escuchaba hablar a gente enojada preguntando por papá. Siempre estaba al fondo del pasillo cuando venían a buscarlo, fumando y mirando por la ventana del lavadero. Cada vez que iba para avisarle que lo buscaban me sonreía y decía: ¿querés que te cuente un cuento?
No me gustaba hablar con papá porque me dejaba una sensación fea. Era como si tuviera que mirar con más atención las cosas para ver si seguían en el mismo lugar. Además, siempre repetía “Es la última”, última, última, última. Hasta formar una cadena con la que ataba a mamá.
Mamá estaba cada vez menos en casa, pero apenas si podía llenar los cajones de la mesada, con mercadería. Mientras que papá se pasaba cada vez más tiempo en el lavadero. Protegido por el pasillo, que era muy largo, cruzarlo me tomaba una eternidad. El lavadero era muy amplio, entraba el lavarropas, secarropas, el tendero, la escoba, la mopa para lavar el piso, el cajón y un colchón que es donde papá dormía la siesta porque no llegaba el ruido de la calle, me decía.
Una noche me desperté asustada en el medio del pasillo, había soñado algo feo: mamá en el lavadero poniéndole trapos llenos de querosén a papá en la boca y prendiendo un fósforo.
—Mili, otra vez caminando dormida. Vamos a la pieza. Y de la mano de mamá fui de nuevo a mi cama, me tapó, me dio un beso y lo último que vi antes de cerrar los ojos fue su sonrisa, hacía mucho que no la veía sonreír. Me dormí contenta porque ella estaba contenta.
Al otro día me levanté temprano, aunque era sábado, mamá estaba tomando mate y comiendo torta marmolada. Me cortó un pedazo y mientras buscaba el jarro para calentar la leche le pregunté por papá.
—Está ahí—y señaló el rincón, pero en el sillón no había nadie.